La idea de que los niños de antes eran mentalmente más fuertes se ha vuelto viral, pero la psicología señala que la resiliencia no depende del año de nacimiento, sino de experiencias y factores individuales. Investigaciones con personas nacidas en Escocia en 1936 y estudios con más de mil 500 adultos ayudan a desmontar este mito generacional.

Un seguimiento realizado con personas nacidas en Escocia en 1936 encontró que haber atravesado un mayor número de determinados estresores durante los primeros años se relacionó con mayor resiliencia en la vejez. Esto sugiere que enfrentar dificultades manejables en la infancia puede fortalecer la capacidad de afrontamiento, aunque no implica que el trauma sea beneficioso.

Crecer sin un adulto resolviendo cada problema ofrecía oportunidades para desarrollar autonomía y tolerancia a la frustración. Perder un partido, discutir con un amigo o caerse de la bicicleta podía convertirse en una pequeña lección práctica: había que recuperarse, buscar una solución y continuar.

Resolver cosas solo puede generar confianza. Aprender a preparar algo sencillo, llegar caminando a casa o administrar un pequeño presupuesto proporcionaba oportunidades constantes para comprobar que era posible salir adelante sin ayuda inmediata. Ese aprendizaje refuerza la autoeficacia: la confianza de que una persona posee recursos para enfrentarse a un reto.

Sin embargo, no existe una "generación invencible". Un estudio con más de mil 500 adultos encontró que la resiliencia como rasgo permanecía relativamente estable a lo largo de varias décadas y estaba relacionada con numerosos factores, entre ellos personalidad, educación, experiencias adversas, síntomas depresivos y características individuales. La edad por sí sola no explicaba quién era más resiliente.

La independencia también tuvo un costo emocional. Aquella crianza del "arréglatelas tú solo" no produjo únicamente ventajas. Personas acostumbradas desde pequeñas a resolver problemas sin pedir ayuda pueden llegar a la edad adulta sintiendo que depender de alguien es señal de debilidad. Algunas minimizan el cansancio, guardan preocupaciones o tardan demasiado en reconocer que necesitan apoyo.

Comparar generaciones puede llevar a la clásica frase de que "antes los niños eran más resistentes". La realidad es más compleja: los niños y adolescentes actuales enfrentan dificultades distintas, como exposición permanente a redes sociales, comparación digital, cambios tecnológicos acelerados y presión académica. La resiliencia no es exclusiva de una época, sino que se desarrolla a través de experiencias y contexto.

La psicología moderna no propone volver a una infancia sin supervisión, sino ofrecer autonomía acorde con la edad. Permitir que un niño resuelva una discusión antes de intervenir, se equivoque en una tarea o experimente aburrimiento puede ayudar a desarrollar capacidad para afrontar frustraciones. Al mismo tiempo, debe saber que existe un adulto disponible cuando el problema supera sus recursos. La fortaleza psicológica no queda congelada al terminar la infancia: puede desarrollarse mediante experiencias, relaciones de apoyo y aprendizaje emocional en distintas etapas de la vida.