Detectar a tiempo las señales de molestia en un gato puede evitar un arañazo o un mordisco. Los felinos comunican su estado de ánimo mediante el lenguaje corporal, y aprender a leerlo fortalece el vínculo con la mascota.

Los especialistas señalan que un gato rara vez se enoja "porque sí" ni guarda rencor. Lo que parece enojo suele ser miedo, estrés, dolor o exceso de estímulo. Por eso, es clave observar varias partes del cuerpo a la vez.

Señales corporales de irritación

Las orejas pegadas hacia atrás, aplanadas o hacia los lados (a veces se les llama "orejas de avión") indican molestia o amenaza. En cambio, hacia adelante suelen significar interés o atención. La cola que se agita con rapidez o golpea el suelo es señal de irritación, y si está erizada, el gato está asustado o a la defensiva.

Los ojos también hablan: pupilas muy dilatadas, es decir, ojos casi todo negro, pueden indicar nerviosismo o enojo, al igual que una mirada fija e intensa. Un lomo arqueado con el pelo de punta, conocido como la postura del "gato de Halloween", avisa que está asustado o enojado. Y los sonidos como el bufido, el gruñido y el siseo son advertencias para decir "aléjate".

Según el Centro de Salud Felina de la Universidad de Cornell, un gato relajado tiene las pupilas normales, las orejas erguidas y la cola en alto sin sacudidas ni pelo erizado. Sin embargo, una pista aislada puede confundir: las pupilas se agrandan con poca luz o durante el juego, y un lomo arqueado con pelo liso puede significar que acepta una caricia.

Posibles causas del enojo

La agresividad en gatos puede tener distintos orígenes. El miedo aparece cuando el animal se siente amenazado y no puede escapar. El estrés puede deberse a cambios en la rutina, mudanzas, ruidos o la llegada de otra mascota. También existe la agresión por territorio, cuando defiende su espacio frente a un extraño u otro animal.

Otro caso es la agresión redirigida: el gato se altera por algo que no puede alcanzar, como un gato callejero que ve por la ventana, y descarga ese enojo en quien tiene cerca. Y si algo le duele, puede reaccionar cuando lo tocas. Los gatos son muy buenos para esconder que están enfermos, por lo que un cambio repentino de carácter, como esconderse más o volverse agresivo, puede ser la primera pista de que algo anda mal.

La agresión por sobreestimulación ocurre cuando el contacto repetido le deja de gustar al gato o supera lo que tolera. Las señales avisan antes: la punta de la cola se agita, la piel del lomo se mueve, se queda inmóvil o se pone inquieto. La ASPCA, la organización estadounidense que protege a los animales, recomienda parar en cuanto aparezcan esas señales y no castigarlo. También ayuda acariciar solo las zonas que le gustan, como la barbilla y el cuello, y por menos tiempo.

Si el gato muestra señales de enojo, conviene alejarse despacio y en silencio, sin tocarlo ni cargarlo. Se debe quitar lo que lo molesta si es posible: un ruido, otra mascota, una persona que insiste. No se debe regañar ni castigar, porque aumenta su miedo y puede empeorar la agresividad. Hay que darle espacio y tiempo, dejarlo calmarse solo y acercarse después, cuando esté relajado.

Si la agresividad es nueva, repetida o sin causa clara, se debe consultar a un veterinario. Lo primero que se debe descartar es un problema de salud o dolor. Si todo está bien, un especialista en comportamiento animal puede ayudar a encontrar la causa. Aprender a leer a un gato toma tiempo, pero cada señal que se identifica es una pelea menos y un vínculo más fuerte.