Ciudad Juárez.- En el poniente de Ciudad Juárez, a un costado del Camino Real, se levanta el Cristo de Curiel, una figura que marca la transición entre la mancha urbana y los caminos del desierto. Este monumento, ubicado en las inmediaciones de la Sierra de Juárez, se ha convertido en un punto de referencia para quienes buscan adentrarse en un paisaje de cerros, brechas y formaciones rocosas.

Desde ese punto, el ruido de la ciudad queda atrás y comienza otro Juárez, uno de tierra, viento y silencio. El lugar es utilizado como punto de partida por ciclistas y senderistas que se internan hacia la sierra, y también ha sido escenario de celebraciones religiosas.

En años recientes, grupos de la Diócesis de Ciudad Juárez han llegado hasta el monumento para realizar celebraciones y jornadas de oración. En septiembre de 2021, integrantes de la Adoración Nocturna peregrinaron hasta el sitio y participaron en una misa al aire libre, reforzando el significado espiritual del lugar.

El Cristo de Curiel no siempre llevó ese nombre. En relatos de quienes recorrían esta zona, era identificado como el antiguo Cristo Negro, asociado con los caminos que conducen hacia las montañas. Con el tiempo, el sitio pasó a ser conocido como Cristo de Curiel, y su imagen quedó ligada a la memoria y a la geografía poco conocida de la frontera.

Para quienes llegan en bicicleta o a pie, el monumento es también una especie de puerta hacia la sierra. Desde sus alrededores se pueden observar las formaciones rocosas y el paisaje desértico que se extiende más allá de la mancha urbana, un escenario que contrasta con la imagen habitual de una ciudad industrial y fronteriza.

El sitio ha formado parte incluso de recorridos deportivos. Competidores del tradicional reto Chupacabras han pasado por el Cristo de Curiel antes de internarse en los primeros kilómetros de montaña, convirtiendo al monumento en una referencia conocida entre los aficionados al ciclismo de montaña.

Mientras la ciudad crece alrededor, el Cristo permanece en ese límite entre la mancha urbana y el desierto. Para algunos representa un punto de oración; para otros, el comienzo de una ruta de aventura y, para muchos juarenses, simplemente una figura que ha acompañado durante años el paisaje del poniente de la ciudad.

Quizá ahí radica parte de su atractivo: no necesita estar en el centro ni rodeado de edificios para hacerse notar. Basta avanzar hacia el poniente, dejar atrás las últimas calles y mirar hacia la sierra para encontrarlo, silencioso, como un guardián de piedra frente al horizonte de Ciudad Juárez.