Todos conocemos a alguien que aprende a tocar la guitarra en pocas semanas y a otra persona que lleva años practicando sin avanzar al mismo ritmo. La explicación más común es que uno tiene talento natural, pero la ciencia apunta a una realidad más compleja: la práctica es fundamental para desarrollar habilidades, aunque no explica por sí sola las diferencias entre las personas.
En la década de 1990, el psicólogo Anders Ericsson estudió a violinistas de una academia de música y encontró que los más destacados habían acumulado alrededor de 10 mil horas de práctica a los 20 años, unas 5 mil más que quienes tenían un desempeño menor.
Ericsson atribuyó buena parte de esa diferencia a la práctica deliberada: entrenar con concentración, objetivos específicos y retroalimentación inmediata, en lugar de repetir una actividad sin una estrategia clara.
Años después, el periodista Malcolm Gladwell popularizó estos resultados con la llamada “regla de las 10 mil horas”, que se convirtió en una referencia habitual para explicar cómo se alcanza la excelencia. Sin embargo, investigaciones posteriores cuestionaron que exista una cantidad de horas capaz de garantizar el éxito.
¿Cuánto influye realmente la práctica?
Un metaanálisis publicado en 2014, que reunió 88 estudios y más de 11 mil participantes, examinó cuánto contribuía la práctica a las diferencias de rendimiento entre personas. Los resultados estimaron que explicaba el 26% de las diferencias en juegos como el ajedrez, el 21% en música, el 18% en deportes, el 4% en educación y menos del 1% en profesiones.
En el ajedrez, otro análisis encontró que la práctica explicaba cerca del 34% de las diferencias de desempeño. Además, entre los grandes maestros existían variaciones enormes en las horas de entrenamiento acumuladas: desde poco más de 800 hasta más de 24 mil.
Estos resultados sugieren que entrenar de manera constante importa, pero que dos personas pueden practicar cantidades similares y alcanzar niveles distintos.
El debate científico continúa. Ericsson y otros investigadores han cuestionado algunos de esos análisis porque, según ellos, no todos distinguían adecuadamente la práctica deliberada de otras formas de entrenamiento. Un reanálisis posterior estimó que, al aplicar criterios más estrictos, su contribución podía ser mayor.
Pese a las diferencias, una conclusión se mantiene: la práctica es importante, pero no existe evidencia de que una cifra universal de horas garantice convertirse en experto.
¿Entonces el esfuerzo no es suficiente?
El esfuerzo sí importa, pero contraponerlo al talento puede ser engañoso. La capacidad de mantener la disciplina, la motivación y la constancia también está relacionada con características personales que pueden tener componentes genéticos y ambientales.
Algo similar ocurre con el concepto de grit, popularizado por la psicóloga Angela Duckworth, que describe la perseverancia y la pasión sostenidas para alcanzar objetivos a largo plazo.
Una revisión de 88 estudios con casi 67 mil participantes encontró que el grit guarda una estrecha relación con la responsabilidad o conscientiousness, un rasgo de personalidad asociado con la organización y la disciplina. Su capacidad para predecir el éxito, sin embargo, es modesta.
A esto se suman factores que no siempre se toman en cuenta: la calidad de los maestros, el tiempo disponible para entrenar, los recursos económicos, el apoyo familiar y las oportunidades de comenzar y continuar aprendiendo.
Cómo mejorar sin depender de una supuesta cifra mágica
La idea de que alguien tiene talento puede convertirse en una excusa para no intentarlo. Pero afirmar que todo depende del esfuerzo también puede ignorar las dificultades y los límites que algunas personas enfrentan.
La evidencia apunta a una combinación de factores: las capacidades individuales pueden facilitar el aprendizaje, la práctica bien dirigida permite desarrollar habilidades y las oportunidades influyen en cuánto puede avanzar cada persona.
Para mejorar en una actividad, los especialistas destacan la importancia de establecer metas concretas, recibir retroalimentación, identificar errores y medir el progreso a lo largo del tiempo.
En lugar de compararse con quien parece aprender sin esfuerzo, una estrategia más útil es evaluar los propios avances y ajustar la manera de practicar. No hay una fórmula universal para alcanzar la excelencia, pero entrenar con intención puede marcar una diferencia importante.