Ciudad Juárez.– Fuertes sonoridades de tambores contrastan con los golpes de múltiples carrizos y guajes llenos de semillas, todos vibran uniformemente ante cada rítmico paso de los conocidos como matachines. Todo es parte de un ritual que se ha enraizado con amor y fe en Dios en Ciudad Juárez.

Para Fernando Valle Espinoza, párroco de Nuestra Señora del Pilar, la definición más cercana para la palabra matachin o matlachín es danzante de Dios, sin embargo, el origen considera inexacto.

Según el libro de Arturo Warman, “La Danza de Moros y Cristianos”, la palabra podría derivarse del árabe “matauchihin”, que significa enmascarado, y estaría ligada a la manera en que los españoles del siglo XV bautizaron las danzas de los indios del entonces Nuevo Mundo.

“Los matachines hacen su oración danzando e invitan a los otros a hacer oración para acercarse a Dios, encontrarnos con él”, puntualiza Valle en referencia a la combinación de bailes indígenas ancestrales y la fe cristiana.

Con características semejantes en vestuario, el padre explica que existen varios tipos de danzas, como la de apache, las de plumas o la nagüilla, la última es la más común en esta región.

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La definición más cercana para la palabra matachin o matlachín es danzante de Dios, sin embargo, el origen considera inexacto.
Foto: Carlos Sánchez
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Foto: Carlos Sánchez Colunga

 


Conexión con el pasado


La llegada del “danzante de Dios” está relacionada más extensivamente en la frontera, según el párroco, con el auge de la industrialización en la década de los 60 con el llamado “boom” de la maquila.

“Nuestras danzas en Ciudad Juárez vienen de La Laguna, de Torreón, en conexión con Tlaxcala; recordemos que Juárez está formada de muchas partes del país, gente que viene a progresar y que trae su propia idiosincrasia”, dice Valle Espinoza.

El clérigo considera que las danzas de matachines se arraigaron en la ciudad como si fueran parte de la historia antigua debido al mestizaje, lo que hace que resuenen las raíces indígenas.

“No tenemos que olvidar nuestras raíces, de dónde somos. Yo soy de Guadalajara y allá danzamos también, son danzas de conquista o apache, cada una tiene su identidad y eso no lo podemos borrar de nuestra historia. Es algo que te identifica con tu raza, con tu pasado”, detalla el sacerdote.

Valle también considera que la herencia de la sangre (precolombina) repercute en el gusto de las generaciones actuales que aceptan e incluso buscan observar o formar parte de los matlachines.

Promesas que perduran

Si bien, el origen específico y estilos de cada cuadrilla de matachines puede variar, los motivos más comunes que mueven a estos danzantes son dos: los nacidas por una manda a un santo o las de herencia. Para la familia Barrientos, su cuadrilla inició como una promesa a la Virgen del Tepeyac hecha hace una década y se ha mantenido cercana a los rituales de la Iglesia católica.

“Hay algunas danzas que vienen de tradición, pero nosotros no. Apenas tenemos 10 años, pero es por una manda, por eso nuestra cuadrilla se llama “Danza apache Guadalupana”, dice Martín Barrientos, líder del grupo de matachines que acuden regularmente a la iglesia de Nuestra Señora del Pilar.

Otra más antigua es la “Danza Don Chava”, consagrada a la Santa Cruz y con origen en 1986, al menos 30 años de azul presencia en la frontera. La cuadrilla tiene ya tres generaciones desde su formación y tiene tal impacto que ha dado origen a otras cuadrillas de la zona del norponiente de esta frontera.

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"Danza Don Chava”, consagrada a la Santa Cruz y con origen en 1986.
Foto: Carlos Sánchez Colunga

 

Roberto y León Contreras Sánchez son los hermanos encargados, han invertido fe, amor, dinero y tiempo para que la danza a la que pertenecen, fundada por su mamá, Jesús Antonia “Chuchis”, siga de pie pese a las complicaciones.

La tradición tiene tal fuerza que ambos tienen ya a nietos pequeños matachines, como Lían, que con apenas seis años ya tiene una tercera parte de su vida danzando. “Me gusta tocar el tambor, siento que tamboreo bien y quiero aprender más hasta que sea grande”, dice el pequeño con emoción.

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La tradición tiene tal fuerza que hay pequeños matachines, como Lían, que con apenas seis años ya tiene una tercera parte de su vida danzando.
Foto: Carlos Sánchez Colunga

 

Janeth Ramírez, de 37 años  y quien radica en Canutillo, Texas, viaja por horas para llegar a Juárez con el único fin de poder ofrecerle sus oraciones a Dios mediante su baile matachín con cada uno de los distintos sones.

“Yo llegué por una bendición de Dios, pues estaba hincada en el sillón, pidiéndole a Dios que me ayudara pues pasaba una situación difícil y lo primero que vi fue un video de una danza y pregunté de dónde era, una persona me contestó y ya tengo cuatro años aquí”, explica Ramírez.

Para los matachines, el esfuerzo físico que conlleva bailar  por horas ante la inclemencia del clima y pesados atuendos es solo una porción del valor de su fe y llega a tal punto que heredan la tradición a hijos, amigos y familiares.

“Es una lucha constante, porque cuando andas en un camino de fe tienes muchos tropiezos, pero es la fe. Acabo de entregar a mi hijo, es tamborero y todavía le cuesta, pero está aprendiendo; también acerqué a mi hermana que a veces me acompaña; también mis sobrinas y mis primas”, menciona Rubí, otra de las integrantes del grupo.

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Algunos integrantes viajan incluso desde Texas para uniser a esta tradicional danza.
Foto: Carlos Sánchez Colunga

 

El ritual

El ritual para que un sacerdote use su hábito (ropaje) está lleno de simbolismo y dignidad de su ministerio, al igual que el revestimiento de los danzantes, explica el presbítero Fernando Valle, también matachín.

“Nos revestimos el misterio porque nos envuelve Dios a cada uno de nosotros y también por eso nos revestimos para alabarle a Dios, así también los matachines se descalzan, se ponen sus medias, los huaraches, el calzón y lo demás: eso es lo que significa toda la indumentaria del matachín”.

La vestimenta, con sus respectivas variaciones, se compone de medias o alpargatas, huaraches, calzón (pantalón), chaleco (camisa), nagüilla de carrizo (vestido), penacho, huaje (sonaja) y arco.

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Las cuadrillas se componen del o los monarcas, que son los líderes o dueños; capitanes, que se acomodan de mayor a menor jerarquía; le sigue la malinche, que porta el estandarte; barriguillas (danzantes experimentados) y los danzantes. 
Foto: Carlos Sánchez Colunga

 

Las cuadrillas se componen del o los monarcas, que son los líderes o dueños; capitanes, que se acomodan de mayor a menor jerarquía; le sigue la malinche, que porta el estandarte; barriguillas (danzantes experimentados) y los danzantes.

El viejo de la danza tiene un papel especial, ya que usa máscara y busca satirizar a algún personaje o demonio y es el que se encarga de llevar el orden en las danzas, buscando que ninguno de los matachines esté distraído y también buscan que la gente ponga atención y se una al rezo.

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La vestimenta, con sus respectivas variaciones, se compone de medias o alpargatas, huaraches, calzón (pantalón), chaleco (camisa), nagüilla de carrizo (vestido), penacho, huaje (sonaja) y arco.
Foto: Carlos Sánchez Colunga

 

Un grupo de matachines no puede comenzar a bailar de la nada; antes de poder hacer cualquier cosa, después del revestimiento, los danzantes se concentran en el cuartel, que es el sitio de reunión y donde tienen el altar a quien están encomendados.

En el lugar se ponen de rodillas y piden licencia para bailar o recibir una señal de que no pueden ni deben hacerlo. Los bailarines cantan un himno y santifican los puntos cardinales para finalmente retirarse al sitio al que van a danzar, ya con la bendición para hacerlo.

Los sones tienen distintas estructuras musicales y cadencias que guían los movimientos o desplazamientos de los bailarines y cada uno de ellos es un rezo distinto para cada una de las cuadrillas.

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Los sones tienen distintas estructuras musicales y cadencias que guían los movimientos o desplazamientos de los bailarines y cada uno de ellos es un rezo distinto para cada una de las cuadrillas.
Foto: Carlos Sánchez Colunga

 

Más allá de la frontera

Uno de los herederos de la “Danza Don Chava”, Roberto Barrientos, explica que la devoción que comunican los matachines mediante cada uno de los fuertes pasos contra el piso ha trascendido y llegado incluso hasta los Estados Unidos.

En el vecino país, los nativos piden e incluso pagan a los grupos de matachines como un acto artístico al que aplauden al término de cada son, aunque no lo ven como algo de índole religioso, mientras que, para las personas de origen mexicano, el significado permanece como algo ligado a la fe.

La “Danza Don Chava” ha llegado incluso a Austin, Forth Worth y Canutillo, Texas; a Phoenix Arizona; Las Vegas, Nevada y Kansas City, en Misuri.

Los matachines no cobran por ir a danzar, pero sí aceptan la reliquia, la cual es el platillo compuesto de sopas y asado de puerco, deben de ser personas virtuosas, cristianas, con fe y que son ejemplares en cada aspecto de su vida cotidiana.

Las danzas, tamborazos, colores vibrantes, plumas, guajes y aspecto indígena de los matlachines podrían continuar cambiando, sin embargo, su presencia y perpetuación a través de las familias hace que permanezcan en los corazones de los juarenses.

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Foto: Carlos Sánchez Colunga