La percepción de que un refresco sabe mejor en botella de vidrio que en lata o plástico no es un mito: tiene una explicación científica basada en las propiedades de cada material y en cómo interactúan con el líquido y nuestros sentidos.
Las marcas insisten en que la fórmula es idéntica en todos los envases, y tienen razón. Pero entonces, ¿por qué sabe distinto? La respuesta no está en el líquido, sino en lo que lo rodea.
El vidrio es el material más inerte, es decir, el que casi no reacciona con lo que contiene. No le agrega ni le quita sabores, y retiene muy bien el gas, así que el refresco llega con toda su efervescencia. Es lo más cercano a probar la receta original.
En contraste, las latas llevan por dentro un recubrimiento de polímero (un plástico especial) que evita el contacto del aluminio con el refresco. Ese forro puede absorber pequeñas cantidades de los aromas y sabores del líquido, lo que lo haría un poco más apagado. Además, hay quien percibe un toque metálico, aunque ahí influye también que los labios tocan directamente el borde de la lata.
Las botellas PET tienen dos desventajas: son más permeables al dióxido de carbono y pueden liberar acetaldehído. Datos de la industria del envasado indican que un refresco en PET pierde en promedio entre 1.5% y 2% de su gas cada semana, y se considera que llega al final de su vida útil cuando se escapa cerca de 17.5%. Un refresco con menos gas se percibe más plano y más dulce.
El acetaldehído es un compuesto que se forma en el plástico PET y que puede pasar en cantidades mínimas al líquido, dándole un ligero sabor distinto. Está regulado por autoridades como la FDA, y las cantidades están muy por debajo de lo que implicaría un riesgo para la salud.
No todo es química: el vidrio conserva el frío más tiempo, y una bebida muy fría se siente más refrescante. Además, el cuello angosto de la botella concentra el aroma y las burbujas, y tomamos “con la nariz tanto como con la boca”. Y no hay que descartar la parte emocional: la botella de vidrio nos recuerda a la tienda de la esquina o a la comida en familia.
La evidencia científica sobre estas diferencias es sutil y no todos las notan igual. Lo que sí se sabe es que la luz, el calor y el tiempo de almacenamiento también cambian el sabor, sin importar el envase. Si quieres que tu refresco sepa lo mejor posible, tómalo bien frío, revisa la fecha de caducidad y no lo dejes al sol ni en el coche. Si es de lata, prueba a servirlo en un vaso, ya que así percibes más el aroma y evitas el contacto con el borde. Y si te toca elegir entre plástico y lata, la lata suele conservar mejor el gas.