El 22 de octubre se conmemora el Día Internacional de la Toma de Conciencia de la Tartamudez, una fecha impulsada desde 1998 por asociaciones de personas que tartamudean y especialistas en fluidez del habla. El objetivo es claro: que se hable más del tema y se discrimine menos a quienes lo viven.
La tartamudez es un trastorno de la fluidez del habla. Quien la padece sabe perfectamente lo que quiere decir, pero al hablar repite sonidos o sílabas, alarga alguna letra o se atora en un bloqueo, ese silencio en el que la palabra simplemente no sale.
No tiene que ver con la inteligencia, ni con la timidez, ni con falta de carácter. Los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos han identificado cuatro genes relacionados con ciertos casos, y es común que se repita en las familias. También es más frecuente en hombres que en mujeres.
Suele aparecer entre los 2 y los 5 años, cuando los niños apenas están armando frases. Para muchos es una etapa pasajera: cerca del 75% de los niños que tartamudean lo supera con el tiempo.
Cuándo buscar ayuda profesional
Si pasan meses y el problema sigue, o si el niño se frustra, se avergüenza o evita hablar, es buena idea consultar con un terapeuta del lenguaje o un foniatra. Lo mismo si hay antecedentes en la familia. Entre más temprano se atienda, más posibilidades hay de que no se vuelva un problema de por vida.
Hoy no existe un medicamento aprobado para tratarla. Lo que funciona es la terapia del habla, adaptada a la edad de cada persona, y en el caso de los niños también implica orientar a los papás para que sepan cómo acompañarlos en casa.
Cómo conversar con alguien que tartamudea
Las recomendaciones de la Fundación de la Tartamudez de Estados Unidos, una de las organizaciones más antiguas del tema, caben en un par de ideas: paciencia y naturalidad.
No des consejos “de oficio”. Frases como “relájate”, “respira” o “habla más despacio” pueden sonar a regaño, y la persona ya las ha escuchado miles de veces. No ayudan.
Escucha el mensaje, no la forma. Mantén el contacto visual de manera natural y espera a que termine. Evita completarle la frase o adivinarle la palabra, aunque creas que la tienes en la punta de la lengua; es mejor dejar que la diga a su ritmo.
Dale tiempo extra en momentos de presión. Hablar por teléfono, presentar algo frente a un grupo o responder en una entrevista de trabajo suelen ser los escenarios más difíciles. Si contestas una llamada y no escuchas nada, no cuelgues enseguida: quizá la persona está tratando de empezar a hablar.
Habla tú con calma, sin exagerar. Un ritmo tranquilo, pero natural, hace que la conversación fluya mejor para todos.
Si el niño es de tu casa
Corregirlo cada vez que se traba o pedirle que repita “bien” solo aumenta la tensión, y con ella la tartamudez. Mejor escúchalo con atención, no lo interrumpas, dale espacio para terminar y préstale atención a lo que dice, no a cómo lo dice.
En un día como hoy, lo más útil que puedes hacer es cambiar la reacción: menos burla, menos prisa y más paciencia. Para quien tartamudea, que lo dejen terminar su frase vale muchísimo.